Las despedidas en Mali – Je dois demander la route.
En los dos años que estuvimos en Mali, tuvimos muchas despedidas. En la mayoría, gente se iba, al final, nos íbamos nosotros.
De las despedidas, algunas fueron más trágicas que otras, por ejemplo cuando un colega se quitó la vida. Otras despedidas fueron largas, como cuando nuestra embajadora estaba por irse y le hicimos unas 5 despedidas.
En Mali, partir es un evento importante, se debe marcar y es el momento para todos de hablar del aprecio que cada uno se tiene. Se dice que en África del oeste, no puedes partir sin antes haber pedido el camino 3 veces.
En la tradición Bamanan, existe una casta de la sociedad que se llaman Griots (o Griottes si son mujeres). Estas personas, tienen el derecho e inclusive la obligación de hablar en público y el público les tiene que escuchar. Son oradores por derecho y tradición y cada vez que hay una reunión, el Griot tiene que tomar la palabra.
En general los africanos de habla francesa que he conocido, son ya unos oradores natos. Saben hablar y lo hacen de manera elaborada, elegante, florida. Ahora, los Griot lo hacen aún mejor. Con apellidos como Cissoko y Diabaté, uno puede identificarlos fácilmente.
En fin, lo que quería contar es que en estas despedidas, algún Diabaté o Cissoko tomaba la palabra para despedir a la persona de salida. Después se le pasaba la palabra a quien quisiera despedir. Finalmente la persona que partía tomaba la palabra. Todo un ceremonial, muy bonito, hasta que tú tienes que tomar la palabra para despedir a alguien o te despides tú.
Lo hice por primera vez en Bangkok, representando a la administración, despedí al embajador en puesto. Ya me conocen, cuando una emoción me sube, es un Tsunami, no hay manera de pararla al menos de para de hablar de inmediato. Con la garganta apretada despedí mi embajador.
En Mali tuve que despedir a mi embajadora. Nunca preparo "discurso", siempre espero que me lleguen las palabras de los sentimientos, sin pensarlo dos veces. Me tienen entonces frente a 50-70 personas y empiezo a despedirla, y todo bien hasta que de repente una simple palabra me trae algún recuerdo y siento ese tsunami subir y cerrarme las vías respiratorias. Es horrible.
En la semana antes de que yo me fuera, pedí que no se me hiciera despedida, me lo negaron rotundamente. Y desfilaron en mi oficina, uno a uno, todos los empleados, los contratistas, los choferes, en fin, todos. Sentía una emoción increíble de toda esta gente que me venía a decir en mi cara porque me había apreciado y se les rompía la voz, lloraban, salían a veces sin decir nada. Gente 20 años mayor que yo que yo siempre había visto como pilares que se desmoronaban. En mi vida nunca había visto algo así.
Uno de ellos me acuerdo había venido con otro chofer a despedirse y no dijo ni una sola palabra mientras el otro literalmente lloraba como un niño. Salió sin decir una palabra y el día de mi salida del aeropuerto me había escrito una pequeña nota en un pedacito de papel.
Hasta la fecha tengo el papel junto a mi computadora para recordarme de la sinceridad de la gente, del calor de los malienses, calor que tanto me entró en el cuerpo hasta correrme por las venas.
Cuando fue mi turno irme, fue otra de esas, en las que frente a una pequeña multitud tengo que improvisar y sinceramente decirles como logré amar a su país y como sinceramente me duele irme y como sinceramente quisiera regresar. Tsunami. Cierre de garganta. Es mí salida y tengo derecho de dejar de hablar y dejar que la mirada diga el resto.





1 Comentarios:
que bonito escribes...
se siente lo que escribes.
olga
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